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22 de octubre2 min de lectura

El poder que conmovió al mundo

El Cristo triunfante · Elena G. de White · traducción de Gabriel Olteanu

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne: y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Hechos 2:17.CTr 302.1

Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos, revestidos de la panoplia divina, salieron como testigos para contar la maravillosa historia del pesebre y de la cruz. Eran hombres humildes, pero salieron con la verdad. Después de la muerte de su Señor, eran un grupo desvalido, decepcionado y desanimado, como ovejas sin pastor; pero ahora salen como testigos de la verdad, sin más armas que la Palabra y el Espíritu de Dios, para triunfar sobre toda oposición... Fueron transformados en su carácter y unidos en los vínculos del amor cristiano... De sus labios salieron palabras de divina elocuencia y poder que conmovieron al mundo.CTr 302.2

Los capítulos tercero, cuarto y quinto de Hechos dan cuenta de su testimonio. Quienes habían rechazado y crucificado al Salvador esperaban encontrar a sus discípulos desanimados, abatidos y dispuestos a renegar de su Señor. Con asombro oyeron el testimonio claro y valiente dado bajo el poder del Espíritu Santo. Las palabras y las obras de los discípulos representaban las palabras y las obras de su Maestro, y todos los que los oían decían: Han aprendido de Jesús; hablan como él hablaba. «Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús: y abundante gracia era sobre todos ellos».CTr 302.3

Los principales sacerdotes y los gobernantes se creían competentes para decidir lo que los apóstoles debían hacer y enseñar. Mientras ellos salían predicando a Jesús por todas partes, los hombres guiados por el Espíritu Santo hacían muchas cosas que los judíos no aprobaban. Había peligro de que las ideas y doctrinas de los rabinos cayeran en descrédito.CTr 302.4

Los apóstoles estaban produciendo una gran conmoción. La gente traía a sus enfermos... y los que habían sido sanados proclamaban a voces las alabanzas de Dios y glorificaban el nombre de Jesús, precisamente aquel a quien los judíos habían condenado, despreciado, escupido, coronado de espinas y hecho azotar y crucificar. Este Jesús era ensalzado por encima de los sacerdotes y gobernantes. Los apóstoles llegaban incluso a declarar que había resucitado de los muertos. Los gobernantes judíos decidieron que esta obra debía detenerse, pues los estaba declarando culpables de la sangre de Jesús.CTr 302.5

Carta 38, 1896
GO
Gabriel Olteanu

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