El poder que conmovió al mundo
El Cristo triunfante · Elena G. de White · traducción de Gabriel Olteanu
Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne: y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Hechos 2:17.CTr 302.1
Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos, revestidos de la panoplia divina, salieron como testigos para contar la maravillosa historia del pesebre y de la cruz. Eran hombres humildes, pero salieron con la verdad. Después de la muerte de su Señor, eran un grupo desvalido, decepcionado y desanimado, como ovejas sin pastor; pero ahora salen como testigos de la verdad, sin más armas que la Palabra y el Espíritu de Dios, para triunfar sobre toda oposición... Fueron transformados en su carácter y unidos en los vínculos del amor cristiano... De sus labios salieron palabras de divina elocuencia y poder que conmovieron al mundo.CTr 302.2
Los capítulos tercero, cuarto y quinto de Hechos dan cuenta de su testimonio. Quienes habían rechazado y crucificado al Salvador esperaban encontrar a sus discípulos desanimados, abatidos y dispuestos a renegar de su Señor. Con asombro oyeron el testimonio claro y valiente dado bajo el poder del Espíritu Santo. Las palabras y las obras de los discípulos representaban las palabras y las obras de su Maestro, y todos los que los oían decían: Han aprendido de Jesús; hablan como él hablaba. «Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús: y abundante gracia era sobre todos ellos».CTr 302.3
Los principales sacerdotes y los gobernantes se creían competentes para decidir lo que los apóstoles debían hacer y enseñar. Mientras ellos salían predicando a Jesús por todas partes, los hombres guiados por el Espíritu Santo hacían muchas cosas que los judíos no aprobaban. Había peligro de que las ideas y doctrinas de los rabinos cayeran en descrédito.CTr 302.4
Los apóstoles estaban produciendo una gran conmoción. La gente traía a sus enfermos... y los que habían sido sanados proclamaban a voces las alabanzas de Dios y glorificaban el nombre de Jesús, precisamente aquel a quien los judíos habían condenado, despreciado, escupido, coronado de espinas y hecho azotar y crucificar. Este Jesús era ensalzado por encima de los sacerdotes y gobernantes. Los apóstoles llegaban incluso a declarar que había resucitado de los muertos. Los gobernantes judíos decidieron que esta obra debía detenerse, pues los estaba declarando culpables de la sangre de Jesús.CTr 302.5
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